Notas de Viaje: Sierra Leona contada por Serena Caimano. Parte 2

Tras diez horas de vuelo, Serena Caimano aterriza en Sierra Leona. La curiosidad y el deseo de tocar con sus propias manos esa realidad, le estaba haciendo explotar el corazón. Serena quiere ver cómo Elgon y COOPI están entrando de forma concreta a formar parte de la vida de esas personas. Todo lo que verá y vivirá superará sus expectativas. ¡Buena lectura!

Día 1

“Máximo, Silvano y yo* llegamos a Freetown ya por la tarde. Nos da la bienvenida un muro de humedad junto con la penumbra del lugar, aquí donde incluso la energía eléctrica es un bien muy escaso.

Una vez salidos del aeropuerto, caminamos inmersos en la oscuridad hacia el embarcadero, levanto mi pequeña maleta para que no se ensucie: hay asfalto solo sobre la calzada, donde circulan los automóviles, el resto es tierra batida polvorienta.

Al otro lado del brazo de mar que separa la ciudad del aeropuerto, nos acogen afectuosamente Giacomo y Laudana, que viven en Freetown.

Hablamos largo y tendido con ellos y resulta evidente desde un primer momento lo lejos que quedan ambos mundos. ¿O soy yo la que vive en otro planeta? Mi familiaridad con el contexto africano y sus problemas, pronto se da a conocer por su escasez, desde las primeras frases pronunciadas, como lectora de Internazionale.

A medianoche, va siendo hora de irse a la cama. Me cuesta dormirme: desde la playa se escucha la música de un chiringuito, el volumen es exagerado, sin razón, más alto que en una discoteca”.

Día 2

“Durante el tramo de carretera que recorremos hasta llegar a la sede de COOPI, puedo ver Freetown a la luz del día.” Hay tráfico y en los márgenes sucios y llenos de polvo de la calzada se mueve un carrusel humano ruidoso compuesto por peatones que se abren camino entre los obstáculos, ambulantes con cestas en la cabeza, madres que llevan a sus niños en la espalda, animales corriendo, gente que pierde tiempo mirando los coches, adolescentes en corros haciendo ruido. Todos están yendo a algún lado, normalmente en chanclas o zapatillas, quien no, descalzo. Solo quien lleva uniforme usa zapatos. Hace calor, pero el verdadero problema es la humedad, casi insoportable. Desde primeras horas de la mañana se vive con la sensación de estar sucio y pegajoso.

Hacemos una parada en la sede de COOPI. Giacomo me cuenta que su inversor más importante es la Comunidad Europea, quien realiza a menudo audits de la Misión, visita el país y controla los documentos administrativos de la sede. El proyecto de Coopi en Sierra Leona está constantemente controlado como lo estaría cualquier otro perteneciente a una empresa privada.

Para explicarme bien el proyecto, Giacomo me explica el contexto. Sierra Leona es un país que cuenta con muchos recursos naturales, cuyos beneficios no recaen directamente sobre la población local ya que se encuentran, a menudo, bajo poder extranjero. Esto hace que Sierra Leona no exporte casi nada y que el balance de pagos esté muy desproporcionado respecto al desarrollo, lo que produce un efecto que deprime aún más la economía del país. Por lo tanto, el objetivo de COOPI con el proyecto Anacardo es el de activar una cadena de producción que empiece por el cultivo de las plantas donadas a sus gentes y conduzca a la venta y exportación de los mismos por parte de empresas extranjeras. Al principio, COOPI tuvo que esforzarse mucho para hacer entender a estas personas la oportunidad que suponía para ellos plantar árboles de anacardo. Las razones de esta resistencia giraban entorno al hecho de tener que esperar de 4 a 5 años desde el momento de su plantación hasta la obtención de los primeros frutos; esta espera era simplemente inconcebible para ellos debido a su mentalidad. COOPI activó entonces cursos de formación y enseñó a los beneficiarios del proyecto cómo alternar el cultivo del anacardo con otros de rendimiento inmediato para poder así mantenerse mientras se esperaba que las plantas empezaran a dar sus frutos. Otra de las principales resistencias que COOPI ha tenido que combatir a través de la formación, ha sido el falso mito sobre el anacardo como fruto venenoso (en realidad solo la cáscara es venenosa).

Los anacardos tienen un valor de mercado muy elevado, más que el café o el cacao, y la cooperativa sirve para vender su fruto, en 2017 tuvo lugar la primera exportación de su historia: dos containers de anacardos fueron exportados por una empresa holandesa. Para Sierra Leona este resultado -que representa solo un punto de partida- es extremadamente importante, ya que constituye una de las poquísimas exportaciones de todo el país.

Cuando me encontré con los campesinos, su gratitud y esperanza se podían tocar con los dedos, lo que me hizo pensar en lo poco que hace falta por parte de personas y países tan ricos como el nuestro, para sostener proyectos tan importantes para quienes están peor que nosotros.

Para comer, nos dirigimos a las afueras de la ciudad junto a la orilla del mar, en una playa. Lo que puedo observar en esos momentos no me parece real. Es irreal precisamente por su belleza incontaminada. Una playa de arena blanca finísima, sombrillas y tumbonas y un mar tropical en el que personas, en su mayoría blancas, se bañan alegremente. Es domingo y los expatriados de Freetown vienen aquí a divertirse. Yo quedo anonadada. Me paro a pensar en cómo el infierno y el paraíso pueden estar tan cerca el uno del otro y en cómo no son los lugares a determinar el lado en el que encontrarse sino el comportamiento del hombre.

Al atardecer nos dirigimos a un campo de futbito: se está jugando un partido. Menos los porteros, todos los demás jugadores tienen solo un pierna y se mueven hábilmente con las muletas. Está permitido golpear el balón o con la pierna que les queda o con la muleta la habilidad con la que usan dos de los tres puntos de apoyo con los que cuentan es sorprendente. Son jóvenes y aun así, inválidos de guerra: durante el conflicto civil terminado en 2002 fueron mutilados por las fuerzas adversarias, evidentemente eran solo unos niños por aquel entonces. No me hago ninguna idea sobre lo que veo, no pienso en nada, es más grande que yo.

Día 3

La jornada de hoy tiene como objetivo la visita a la escuela de Krissi patrocinada por COOPI. Nada más llegar a la sede, mi corazón se para. En la antesala de las aulas, a la sombra, veo unos ochenta niños de diferentes edades sentados en el suelo polvoriento. Nos dan la espalda y escuchan algo que les está diciendo su maestra, quien debe entretenerlos hasta nuestra llegada –llegamos con grande en retraso. Todos llevan su batita y a mí me parecen estupendos. A pesar de las amenazas de su maestra -armada con una pequeña fusta- cuando llegamos, los niños se vuelven hacia nosotros y se enciende el entusiasmo: empiezan a moverse y a murmurar, intentan levantarse, “opoto, opoto, opoto”. 

La maestra les llama la atención, pero es superior a ellos. Se dan toda la vuelta, 160 ojos fijandome a la vez y mientras cantan una canción ensayada. En coro, sus voces entonan Stille Nacht, y para mí es demasiado. No puedo contener las lágrimas,  ¡pero no quiero que piensen que su regalo sorpresa me hace llorar! La canción se acaba; aún conmovida por la onda emotiva, veo como se me acercan con torpeza dos elegidas que recitan en un único suspiro un discurso entero del que no entiendo prácticamente nada, pero que debe ser una especie de declaración de bienvenida y de reconocimiento por el apoyo que COOPI da a su escuela. Completamente sobrecogida y reducida a un paño de lágrimas, intento dibujar una sonrisa y buscar algunas preguntas en mi mente para hacerles. No me contestan, hago entonces preguntas más fáciles.

Por fin las líneas se rompen y vuelvo a respirar. Pero estos niños maravillosos no quieren irse, todos quieren chocarme los cinco, todos quieren vernos y sonreírnos, se ponen en pose para que les hagamos una foto con nuestros móviles y ver cómo han salido nada más hacerlas. Saltan, ríen, se empujan entre ellos, son niños como los de cualquier otro sitio del mundo. Somos todos iguales, es tan evidente…

Las familias hacen sacrificios enormes para enviar a sus niños al colegio, es muy caro. El desafío de COOPI es que puedan seguir estudiando, que no deban interrumpir las clases. El sistema educativo está muy anticuado, el método de estudio es ridículamente mnemotécnico, la tarea de los profesores no es otra que la de enseñar cuántos habitantes tiene un país o cómo se llama un determinado río. Los pocos afortunados que llegan hasta Occidente tienen que trabajar muchísimo para poder estar a la altura de nuestros estudiantes.

Se reúne con nosotros Giacomo que llega en coche: Es hora de salir hacia Makeni, la ciudad que se encuentra en el interior y en la que pasaremos los siguientes dos días. Durante el viaje por la carretera asfaltada, las emociones, el peso de las noches revueltas y el calor ganan la batalla y me quedo dormida.

Llegados a nuestro destino, me arrastro hasta mi habitación en la que caigo rendida y sobrecogida por las emociones vividas.

*Serena Caimano parte desde Italia en compañía de Máximo Salvatori, Área Manager West África, sede COOPI de Milán, y del fotógrafo y videomaker Silvano Pupella.  In situ, compartirá el viaje con Laudana,   Administradora del proyecto COOPI en Sierra Leona y Giacomo Mencare, Head of Mission Coopi Sierra Leone

 

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